Cubriendo la faz del mundo, discurría el océano,
no ocioso, sino que con su prolífico y cálido humor
suavizaba todo el globo.
Fermentada la gran madre para concebir, saciada de
fecunda humedad, dijo Dios:
"¡Reuníos ahora, aguas bajo el cielo, en único lugar
y dejad que aparezca la tierra seca!"
Inmediatamente emergieron, enormes, las montañas,
elevaron sus anchas y desnudas espaldas hacia
las nubes y sus cimas ascendieron hasta el cielo.
Tanto como los prominentes montes se elevaron, se hundió
en una profundidad abismal el espacioso lecho de las aguas.
Hacia allá se precipitaron alegremente, como las gotas
que resbalan sobre lo seco. Encrestándose en su prisa
y levantándose como un muro de cristal. Tal fue
la huida que la gran orden provocó en las veloces corrientes.
Como ejércitos a la llamada de la trompeta (pues de
ejércitos se trataba) forman tras su estandarte, así la
acuática multitud, ola tras ola, encuentra su camino.
Si es pendiente, formando torrenteras; frenándose sobre
el llano, Ni roca ni colina las detienen. Ellas, bajo
el suelo o a cielo abierto, serpentean y encuentran
su camino, y sobre el lodo excavan profundos canales.
Dios pidió a la tierra que se secara excepto allí por
donde ahora transcurre el húmedo y perpetuo curso de los ríos.
Y llamó a lo seco Tierra y Mar al gran recipiente de
las aguas congregadas.
EL PARAÍSO PERDIDO .– John Milton
